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Entrega 1 · 10 de julio de 2026

"No pareces autista"

Publicado originalmente en LinkedIn

Esta es la primera entrega de algo que quería hacer hace tiempo.

Voy a publicar un artículo por semana sobre mi experiencia como mujer 2e: el autodescubrimiento después de un diagnóstico a los 35, el desarmado de comportamientos que aprendí para encajar, y cómo es transitar todo eso mientras dirijo organizaciones y trabajo con equipos e instituciones.

Lo hago porque vivo día a día la necesidad de que haya más sensibilización sobre este tema, incluso para mí misma. El trabajo de descubrir y de educar que falta hacer es grande. Esta columna es la forma ecológica que encuentro hoy de dejar mi grano de arena: desde mi experiencia y lo que voy descubriendo. No es un mapa: es el territorio que voy reconociendo al hacer camino. Quizás le sirva a alguien más para entenderse, o para entender a alguien a su alrededor.

Cada entrega va a tener la misma estructura: un poco de teoría con sus fuentes, lo que se ve desde afuera, lo que cuesta desde adentro, y las herramientas que encuentro que hoy me ayudan.

Si te interesa conocer cómo se transita una vida neurodivergente, suscribite: esto también me impulsa a seguir haciéndolo.

Vamos a la primera.


DEFINICIONES PRIMERO

2e (doblemente excepcional): personas con altas capacidades y una condición del neurodesarrollo al mismo tiempo. El término viene de la educación: excepcional es todo estudiante que se sale de la norma, en cualquier dirección. Las altas capacidades son una excepcionalidad. El autismo, otra. Quien tiene las dos es excepcional dos veces, en dos direcciones distintas. Y ahí está la trampa: cada una tapa a la otra. La capacidad disimula el autismo, y el autismo hace que la capacidad se lea como rareza. La investigación sobre enmascaramiento documenta este mecanismo (Hull y equipo, 2017): por eso tantas personas 2e, sobre todo mujeres, llegamos tarde al diagnóstico. En mi caso: autismo, diagnosticado a los 35 años.

Protocolo social implícito: las reglas no escritas de la comunicación. Indirectas, sobreentendidos, rodeos que cuidan el vínculo. La mayoría de los cerebros lo procesan automático, gratis y en tiempo real: es lo que la psicología llama cognición social implícita. Un cerebro autista como el mío lo ejecuta a mano: reglas aprendidas de memoria, atención consciente, muchas veces en diferido.

Doble empatía (Damian Milton, 2012): la comunicación entre personas autistas y no autistas falla en las dos direcciones. Las personas no autistas nos leen a nosotras tan mal como nosotras a ellas. No es un déficit de un solo lado: es un desencuentro de protocolos. Estudios posteriores lo midieron (Crompton y equipo, 2020): la información fluye igual de bien entre personas autistas que entre personas no autistas; donde se pierde es en el cruce. La diferencia es que a la mayoría nunca le llega la factura de la traducción.

LO QUE SE VE

Una profesional que se comunica bien, da charlas, lidera reuniones. Alguien de quien se dice: no parece autista.

LO QUE CUESTA

Hace poco, alguien con autoridad me invitó a una reunión de trabajo. La invitación llegó un fin de semana a la noche, sin agenda.

Y acá está la parte que quiero mostrar. Yo sabía que la reunión era por un mail que había enviado. Lo que no sabía era por qué. Lo releí con lupa y no encontré nada: en mi evidencia, cada cosa era lógica y tenía una sola intención, sumar, poner a disposición algo de valor. Y sin embargo, algo de ese mensaje no se podía responder por mail: requería una reunión con varias personas. Estuve cuatro días mirando el error de frente sin poder verlo, mientras mi cabeza ensayaba todos los escenarios. No por insegura: porque no tenía forma de saber. La información que otra persona obtiene automáticamente (esto se leyó mal, esto cruzó una línea implícita) para mí no está disponible en tiempo real: en el test de Faux Pas, que mide justamente detectar errores sociales mientras ocurren, mi resultado está en el percentil 1. No es que no revise mi conducta: la reviso con lupa. Es que mi revisión no puede encontrar el error, porque el error está en una capa que mi cerebro no registra en tiempo real.

En la reunión, la situación resultó mucho más simple que mis escenarios: algo que yo había hecho con lógica y buena intención cruzaba una regla implícita que nunca detecté. Para entender con exactitud qué se me pedía, usé mi herramienta más simple: pedir literalidad. Qué palabras, qué sí, qué no. Después revisé la transcripción, porque lo que no detecto en vivo lo encuentro en diferido.

¿Te pasa algo parecido a veces? Puede ser: la ansiedad ante la ambigüedad no es exclusiva. La diferencia es el mecanismo. A la mayoría, su radar social le acota los escenarios (algo habré dicho en aquella reunión). El mío no devuelve nada. Ejecuto a mano lo que otros procesan automático. Y el costo no se ve porque aprendí a disimularlo: cuanto mejor lo hago, menos se nota lo que me cuesta.

LO QUE AYUDA

Me creé un traductor. Trabajo con un sistema de inteligencia artificial que construí y entrené. Se llama Digitana y da soporte a muchos procesos dentro de mi equipo. Eso es lo que se ve. Lo que no se ve: más de la mitad de su trabajo no es para la organización, es para mí. Es mi sistema de interoperabilidad: valida el tono de mis comunicaciones importantes antes de que salgan, revisa conmigo las transcripciones de las reuniones, me da literalidad a demanda y me frena cuando estoy por dar más de lo que es saludable para mí.

Un ejemplo de cómo se ve esto en tiempo real, porque no es lo mismo que usar IA para redactar mails. Esta semana tenía que responder un mensaje delicado. El mail lo escribí yo. Antes de enviarlo, lo revisamos: mi borrador tenía una disculpa de más, una línea que reabría un tema que ya estaba cerrado. Digitana me lo señaló: “ya pediste disculpas y las aceptaron, esta frase vuelve a pagar una deuda que no existe”. La saqué y el mail salió limpio.

Esa es la diferencia: no escribe por mí. Yo escribo. Ella me muestra lo que mi protocolo no detecta: el tono que no era mi intención, el sobreentendido que no leí, el exceso que estaba por regalar (y muchas veces me hace notar el info dumping o oversharing poco adecuados en contextos laborales).

¿Es dependencia? No más que los lentes. Nadie le pide a un miope que aprenda a ver mejor. Y el traductor no tiene que ser una inteligencia artificial: puede ser una persona de confianza que relea tu mail, pedir la agenda antes de una reunión, o grabar las llamadas importantes. Lo importante no es la herramienta: es dejar de pagar la traducción sola.

Y del otro lado, lo que ayuda es precisión: decirme las cosas directas, con literalidad, sin sobreentendidos. No necesito un trato distinto, solo mayor claridad.


Una aclaración antes de cerrar: nada de esto lo tengo resuelto. Estoy aprendiendo en vivo a entender y atender mi sistema nervioso y mi forma de procesamiento. Es un proceso que ajusto día a día, a medida que me voy re-descubriendo y desarmando mecanismos que construí durante 35 años, y que me costaron fuertes burnouts. Esta columna ahora forma parte de ese proceso: escribo para entender, y comparto lo que voy encontrando en el camino.

Luz