
Mi experiencia como mujer 2e. Entrega 5.
Este es el artículo que más vergüenza me da al momento de publicar. De un lado está lo que yo pienso: sé lo que soy capaz de hacer, y tengo evidencia. Del otro lado está lo que siente mi cuerpo cuando recibe validación, y lo que siente cuando da lo mejor de sí y no la recibe. Entre esos dos lados hay una distancia enorme: dos mundos que conviven adentro de mí, la misma persona.
Esta entrega es sobre esa distancia, la mía: lo que sé y lo que me cuesta es mi experiencia, no una descripción de cómo somos las personas 2e. No sé si esto les pasa a otras como yo, y justamente por eso lo escribo. Y arranco con una advertencia honesta: sobre el fenómeno del impostor en personas 2e no encontré estudios. Así que lo que sigue es mi experiencia con la teoría que pude encontrar al lado, no un hallazgo.
DEFINICIONES PRIMERO
Fenómeno del impostor: la creencia persistente de no ser tan capaz como los demás creen, sostenida a pesar de la evidencia en contra. Lo describieron Pauline Clance y Suzanne Imes en 1978, observando durante cinco años a más de 150 mujeres de alto rendimiento, en su gran mayoría mujeres blancas de clase media a alta en Estados Unidos: pese a sus títulos, honores y reconocimiento, no experimentaban una sensación interna de éxito.
Altas capacidades: un funcionamiento cognitivo significativamente por encima de la media. Se evalúa con escalas de inteligencia estandarizadas, administradas y supervisadas por profesionales, como las escalas Wechsler (WAIS en adultos, WISC en niños y adolescentes), que no miden un solo número sino varias áreas: comprensión verbal, razonamiento, memoria de trabajo y velocidad de procesamiento. La referencia habitual en la literatura es un CI total de 130 o más, dos desviaciones estándar por encima de la media. No es una medalla ni un pronóstico: es una descripción de cómo procesa un cerebro.
Metacognición: la capacidad de observar el propio pensamiento; pensar sobre cómo pensás, conocer tus procesos mentales y monitorearlos mientras ocurren (Flavell, 1979). Es la herramienta con la que está escrita esta columna.
El término 2e lo definí en la primera entrega: altas capacidades y una condición del neurodesarrollo al mismo tiempo, que pueden taparse mutuamente.
LO QUE SE VE
Una mujer que hace muchas cosas, y le suelen salir bien al primer intento. Que aprende rápido, que decide, que avanza, que se mete en cosas para las que nadie le pidió credenciales. Que parece segura.
LO QUE CUESTA
Lo que no se ve es la energía de la duda constante sobre si todo eso alcanza. Si el valor que agrega es suficiente y si está haciendo las cosas bien.
Y lo que se ve todavía menos: que la validación externa es el carbón que alimenta el fuego de querer seguir construyendo. A veces llega como un mensaje privado. A veces como un evento que salió bien, o un cliente contento. A veces simplemente como sonrisas en las caras de la gente. Me da mucha vergüenza compartir que la validación de afuera tiene tanto peso en lo que siento, y en la energía que tengo para seguir. Y por eso elijo exponerlo.
Empiezo por el mecanismo.
Me sale natural hacer varias cosas a la vez. El problema es que en mi cabeza siempre hay espacio para una tarea más, para optimizar un poco más. Y como siempre hay espacio, nunca llego: el listón se mueve cada vez que me acerco.
La explicación fácil sería falta de autoestima. Pero yo nunca sentí que me faltara: la metacognición es un músculo que trabajo mucho, me revisé por todos lados, y la duda no viene de ahí. Por ahora la explicación que puedo darle es otra. Lo digo como hipótesis mía, no como veredicto. Y si en tu caso la autoestima sí está en el medio, eso no invalida nada de esto: es otra cosa, tratable, y merece una mirada profesional, no un newsletter.
Lo que se activa en mi cabeza cuando termino algo no es una voz que me diga que no valgo. Es una lista de mejoras posibles, muy concreta y muy detallada, que aparece sola, y la sensación de que quizás hice algo mal sin darme cuenta (resultado de mi Faux Pas percentil 1, el test que conté en la primera entrega).
Ahora, la distancia.
En el mundo de lo pensado, lo tengo claro. Pero mi cuerpo no lo registra: el valor de lo que hago recién lo siento cuando alguien me lo devuelve. Este año una clienta me escribió, sin que yo lo pidiera, sobre algo que yo no había visto: el foco que le pongo a las cosas. Ella veía algo fuera de lo común. Yo veía una semana normal. Recién ahí, a través de sus ojos, pude sentir algo que en teoría ya sabía.
Hay una serie de estudios (Ehrlinger, Dunning y equipo, 2008) que midieron cómo se evalúa la gente que rinde en el cuartil más alto: se subestima, y una parte grande del error no está en cómo se juzga a sí misma sino en cuánto rendimiento les atribuye a los demás. El mecanismo que proponen tiene nombre viejo: falso consenso (Ross y equipo, 1977). Si a mí me salió fácil, asumo que a todos les salió fácil. No quiero convertir un hallazgo de investigación en un diagnóstico sobre mí, pero lo que me pasa rima: doy por hecho que lo que a mí me resulta accesible le resulta accesible a cualquiera. Y sobre esa base, me sigo midiendo con la regla que usa todo el mundo.
Hay una capa más vieja que todas.
Desde niña me dijeron que era un bochito. Lo decían con cariño, y no era mentira. Yo escuché algo más: si era tan inteligente, tenía que lograr grandes cosas en la vida. Clance e Imes describieron esa dinámica en 1978: la familia que declara a la hija brillante, y la hija que crece midiéndose contra esa declaración. Hoy entiendo algo que entonces no sabía nadie, ni yo: el potencial de ser inteligente no siempre se ve en forma de logros. El potencial es una posibilidad, no una promesa.
Y una capa más: la del título que no tengo.
Mi formación es principalmente autodidacta, y aunque tenga muchos diplomas de cursos cortos, intenté dos veces terminar una carrera universitaria y por distintos motivos (ajenos a mis capacidades intelectuales) no lo logré. Por lo que no tengo un diploma que valide todo lo que sé, y eso me hace dudar de si mi forma de resolver las cosas es la correcta o si simplemente es la mía. Cuando entro en un tema nuevo pienso que me falta estudio. Después avanzo y suele pasar lo contrario. Pero la duda vuelve entera en el tema siguiente.
Y quiero detenerme acá, porque sé lo que es no tener el papel que valida lo que sabés. Con el diagnóstico me pasó igual durante 35 años. Si te reconocés en lo que estoy escribiendo y todavía no tenés una evaluación, estás adentro de este newsletter. No hace falta el papel para que lo que te pasa sea real.
Ahora, el costo.
Lo esperable sería que toda esta duda me frene: que no postule, que no me presente. No es mi caso. Avanzo igual. El costo, en mi caso, está en otro lado. Yo testeo la hipótesis todo el tiempo. El problema es que la hipótesis nunca se va: la testeo, sale bien, me validan, y a la semana siguiente vuelve entera. Es como si cada prueba superada se venciera al terminar. Por eso la validación, que es lo único que me hace sentir el valor, tampoco alcanza. No porque no les crea. Porque no se acumula. Es lo mismo que observaron Clance e Imes hace casi cincuenta años: los logros de esas mujeres no modificaban la creencia. La evidencia no entraba. Me reconozco entera en esa descripción.
Y la última capa es la que hace que nada de esto se vea. Yo nunca dudo en voz alta. Todo ocurre adentro: lo pienso, lo siento, lo gestiono, y sigo. Nadie me escucha dudar, así que nadie puede contradecirla: la duda que no se dice queda intacta, sin nada que la achique. La energía que eso consume es gigante.
Y las veces que me animé a dudar en voz alta, sentí el juicio del otro lado. Cuando preguntás teniendo experiencia, la pregunta muchas veces se lee como si te quitara una autoridad que ya está ganada. Me costó llegar a esta vuelta: preguntar no me quita la experiencia, me recuerda que ya la tengo.
En la primera entrega escribí que ejecuto a mano lo que otros procesan automático, y que el costo no se ve porque aprendí a disimularlo. Esto es lo mismo, en otra materia. Hull y equipo (2017) recogieron los relatos de 92 adultos autistas sobre camuflaje social: entre lo que describen como consecuencias están el agotamiento y, textualmente, las amenazas a la percepción de sí mismo. Yo camuflo el autismo y camuflo la duda. Las dos cosas salen de la misma batería.
Falta nombrar una cosa más, la que menos se dice.
Hay un estigma con decir que tenés altas capacidades. Cuando lo digo en voz alta, siento que quien me escucha va a pensar que estoy alardeando, o peor, que lo estoy denigrando. Como si nombrar cómo funciona mi cabeza fuera un comentario sobre la cabeza del otro.
Yo no lo vivo como un mérito. Lo pienso como una característica con la que me tocó funcionar: el potencial está, y el contexto es lo que determina cuánto se llega a cosechar. Y estoy convencida de la otra mitad de esa frase: creo que la mayor parte del potencial que hay en el mundo nunca se cosecha, porque el contexto se lo come.
Ser 2e es tener dos excepcionalidades y no poder nombrar ninguna de las dos. Una porque parece que exagerás. La otra porque parece que alardeás. En el medio queda el trabajo, que a mí me parece normal, y una regla prestada para medirlo.
LO QUE AYUDA
A mí:
- Dejar de esperar que la duda se cure. Es lo que más me sirvió y lo menos intuitivo. Yo esperaba que en algún momento la evidencia alcanzara: un logro más, una validación más, y listo. No pasa. Cuando dejé de tratarla como un problema a resolver y empecé a tratarla como una condición de base, dejé de pagar dos veces: la duda, y la frustración por seguir dudando. Ahora las personas que se vinculan conmigo van a recibir más preguntas "raras" o que "descolocan", esa soy yo aprendiendo a resolver esas dudas antes de que se conviertan en palos en el camino.
- La pregunta que me dio mi psicóloga: no es tan importante si pasa o no, sino cuánto de tu vida consume y cuánto te deja vivir. Esa vara cambió cómo evalúo mi progreso. Hoy esto me pasa, pero no me bloquea ni me quita vida. Con esa vara, voy bien.
- Cambiar la pregunta de comparativa a absoluta. En vez de preguntarme si lo hice mejor o peor de cómo me lo imaginaba, preguntarme qué hice: qué salió, qué funcionó, qué quedó pendiente.
- Separar el estándar del miedo. Cuando aparece la lista de mejoras posibles, ya no la leo como señal de que fallé. La leo como mi cabeza haciendo lo que hace. Ponerle el nombre correcto le baja la intensidad, igual que me pasó con los meltdowns en la entrega 2.
- Buscar comunidad. Tener comunidad me parece una de las cosas más importantes de la vida, y hay muchas que no piden nada: grupos de personas autistas y neurodivergentes, muchos online, abiertos, que aceptan la autoidentificación sin pedirte ningún papel. Y si hoy no tenés a nadie que te devuelva una mirada sobre lo que hacés, una comunidad así es el primer lugar donde eso puede empezar a llegar.
Les comparto una de las mías como ejemplo, no como consejo. Soy socia de Mensa Argentina, el capítulo local de Mensa, la asociación internacional que agrupa a personas con un resultado en el percentil 98 en un test de inteligencia supervisado, y estoy apoyando la creación de la institución en Uruguay. Adentro encontré algo que no esperaba: ver cómo se ven las altas capacidades de verdad, sin el estereotipo. No todas las personas son universitarias. No todas son empresarias. No todas son felices. No todas tienen alta inteligencia emocional. La imagen del genio exitoso es un molde más que no nos representa, y una comunidad es el lugar donde ese molde se cae y en donde todos somos bienvenidos.
A los demás:
- Si alguien te dice que tiene altas capacidades, lo más probable es que se esté describiendo, no midiéndote. Sé que la definición es estadística y que eso ordena gente: la incomodidad tiene su razón. Pero no deja de ser un acto de coraje compartirlo en el contexto en el que hoy nos encontramos.
- Mandá la devolución que no te pidieron. Como nunca dudo en voz alta, nadie tiene forma de saber que hace falta. El mensaje que conté más arriba llegó sin que yo lo pidiera y sin que esa persona supiera nada de esto. No esperes la señal: quien parece más seguro es a veces quien menos evidencia propia tiene.
- Sé específico. A mí el elogio general no me aterriza porque no lo puedo comparar con nada. "Sos una genia" rebota. "Esto me destrabó tal cosa" entra.
CIERRE
Como siempre, nada de esto lo tengo resuelto. Sigo midiéndome con la regla equivocada la mayor parte del tiempo, sigo necesitando que alguien me devuelva el valor de lo que hago para poder sentirlo, y sé que mañana la hipótesis vuelve a estar abierta. Elijo hacerlo igual: con miedo de no hacer suficiente, con miedo de no llegar, y con vergüenza. Con la misma vergüenza con la que publico esto.
Esta columna sigue siendo lo que dije al empezarla: no es un mapa, es el territorio que voy reconociendo al hacer camino. Escribo para entender, y comparto lo que voy encontrando.
Luz
FUENTES
- Clance, P. R. e Imes, S. A. (1978). The imposter phenomenon in high achieving women: dynamics and therapeutic intervention. Psychotherapy: Theory, Research and Practice, 15(3), 241–247.
- Ehrlinger, J., Johnson, K., Banner, M., Dunning, D. y Kruger, J. (2008). Why the unskilled are unaware: further explorations of (lack of) self-insight among the incompetent. Organizational Behavior and Human Decision Processes, 105, 98–121.
- Flavell, J. H. (1979). Metacognition and cognitive monitoring: a new area of cognitive-developmental inquiry. American Psychologist, 34(10), 906–911.
- Hull, L. y equipo (2017). "Putting on my best normal": social camouflaging in adults with autism spectrum conditions. Journal of Autism and Developmental Disorders, 47(8), 2519–2534.
- Ross, L., Greene, D. y House, P. (1977). The "false consensus effect": an egocentric bias in social perception and attribution processes. Journal of Experimental Social Psychology, 13(3), 279–301.